Puertas y cadenas

Ya son años de bagaje, de experimentación, de vivirlo en mis carnes, así que ha llegado el momento de contarlo. Esta es mi verdad sobre (sobre)vivir con una enfermedad crónica.

La verdad es que imagino que es difícil empatizar con alguien que sabe que sufrirá de por vida las consecuencias de una enfermedad. Quiero decir, sé que es difícil ver con otros ojos cuando se trata de cosas que no sentimos y que, además, no vemos. Ya se sabe: si no lo veo, no lo creo. Por eso es interesante que leas esto: si lo sufres, aquí estoy para abrazarte fuerte y si no también deberías leerlo (te ayudará a ver la realidad del otro, y eso siempre suma). 


Recuerdo la primera vez que encontré por internet lo que me pasaba. Yo ya llevaba años jodida. Muy cansada, apática, con muchos cambios de humor, piel seca... Ante tales síntomas y como persona curiosa, quise indagar en mis posibles futuros no tan lejanos. Salté de un artículo a otro y de repente: PAM. Hipotiroidismo autoinmune (el nombre ya de por sí tiene pinta de sonar a enfermedad crónica, ¿eh?). La primera vez que el hipotiroidismo y yo nos encontramos no nos llevamos muy bien. Todo acabó con el ordenador apagado y yo intentando pensar que, hombre, cómo iba a tener una enfermedad crónica. Qué exagerada e hipocondríaca.


El detonante para que fuera al médico fue que mi piel fue adoptando un tono verdoso enfermizo que hizo saltar todas las alarmas (la de mi madre, mi familia, mis amigas y, claro, también la mía). En mi cabeza solo resonaba la palabra "hipotiroidismo", una y otra vez. Me atreví entonces, por supuesto, a buscar más información. Todas las piezas encajaban. Yo sabía qué (me) pasaba. Y sí, acerté de pleno.
"Vaya, sí, según las analíticas tienes Hipotiroidismo autoinmune -esto ya era un secreto a voces- , bueno, no debes preocuparte, esta enfermedad es la más suave de las enfermedades crónicas. No sufres en exceso y, ya verás, tomando tus pastillas todos los días llegaremos a controlar tus niveles de TSH y T4 - hormonas, ya sabéis - no habrá más complicaciones". 
Qué bien, señor médico. Justo lo que quería. ¡UNA ENFERMEDAD CRÓNICA! Súper buena noticia. ¡Esto es mejor que que te toque la lotería! Joder, los médicos siempre le quitan hierro al asunto, yo creo que, aunque te estés muriendo, nunca está uno mal del todo (o no es lo peor que te podría haber tocado). Pero, oiga, de elegir, elegir... Yo no quiero ninguna enfermedad, ¿sabe?

El caso es que, sí, te ha tocado y te la tienes que comer. Y convivir con ella. Que aquí viene lo árido.

Llegar a controlar los valores de la tiroides no fue muy complejo: muchas visitas al médico, muchas analíticas, dosis arriba, dosis abajo y estabilización. Bien. Ya ha acabado lo "malo", ¿no? Pues no. Ahora viene toda la letra pequeña. Ahora tienes que tragarte que toda tu vida vas a tener que estar justificando por qué no puedes desayunar justo al despertarte, por qué hay alimentos que no puedes o debes comer porque son bociógenos (y te la pueden liar muy parda) y, lo peor, explicando que sí, que sí, que sí, que de verdad tienes una enfermedad crónica que no se ve. 

Todas las enfermedades invisibles se dan la mano, así que imaginad qué regalos te da la vida. El hipotiroidismo se da la mano, muy frecuentemente, con enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y sucedáneos. Es muy difícil, volviendo al comienzo, explicarle a alguien qué te pasa cuando ya estás medicada, pero no estás bien. Cuando ningún médico escucha que hay cosas de fondo y que van más allá de la TSH, la T3 o la T4.

Siempre me gusta decir que tener una enfermedad crónica e invisible es como una puerta con la cadena echada. Tú, iluso, intentas abrir para salir, pero, vaya, no se abre del todo: te limita, te coarta, te boicotea.

Con el tiempo, uno aprende a mirar y salir de casa por el huequito de la puerta con la cadena echada, pero, vaya, no es tan fácil como salir con la puerta abierta de par en par. Todos tenemos problemas, todos. Con enfermedades y sin ellas. Pero es tan difícil entender el sufrimiento que conllevan estas limitaciones que uno no elige... Toda una vida marcada por algo que ha decidido ser así. Mala suerte.

El triste consejo de todos los médicos (grandes oradores, como veréis) siempre es y será: "Bueno, mujer, podría ser peor, no te estás muriendo".

No, no me muero, pero me consume una depresión que arrastro sin cura, una ansiedad que me desgasta a diario, un cansancio que arrastro durante todos los días de la semana. Por no hablar de los kilos de más que tengo porque, bueno, mis hormonas no funcionan bien.

No es fácil. Sin embargo, ahora he aceptado esto como mío, porque, vaya, sin duda esto es todo mío. Es más mío que yo misma. Y esa es la clave: aunque duela, aunque sufras, busca consuelo en  tus propios brazos y en los de la gente que puede entenderte. Un poquito, al menos. La dosis diaria de felicidad está a nuestro alcance. Y, oye, que somos unos campeones porque no cualquiera sonríe y lucha, y disfruta de la vida como nosotros. Nadando a contracorriente. Esta es nuestra vida.

Cuando conozcas a alguien que tenga una enfermedad crónica e invisible, piensa en esa puerta con la cadena echada desde la que te mira. Con eso será suficiente.



Smel serendipia


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